La gentileza siempre es signo de traición - François Mauriac

Hay puñales en las sonrisas de los hombres; cuanto más cercanos son, más sangrientos - William Shakespeare

Seguidores de huellas

agosto 21, 2012

Capítulo 1. Encuentros. Parte 2


            Las tres primeras horas pasaron rápidamente. Zack y Melanie resultaron ser unos alumnos excepcionales, destacando en las materias impartidas. Nadie se animó a hablarles por el halo de misterio que los rodeaba, por la desconfianza que inspiraban.
            Lo que Melanie notó, con gran horror, fue que Zack no la paró de mirar en toda la mañana, siempre que podía.
            El timbre del recreo sonó diez minutos antes y el grupo lo agradeció, pues la clase de biología a veces resultaba bastante decepcionante y aburrida. Todo el mundo se apresuró en recoger y salir, excepto Melanie. No tenía absolutamente ninguna prisa. Es más, si salía más tarde que Zack, se libraría de su hipnotizante mirada, que la llevaba persiguiendo toda la mañana, pues él, milagrosamente, iba exactamente a las mismas clases que ella, al menos por el momento. Al salir una chica salió a su encuentro. Era más alta que Melanie; aunque en realidad, todo el mundo era más alto que ella. Su media melena era casi negra, la llevaba suelta y ondulada con la frente medio descubierta. Sus ojos eran de color chocolate verdoso, y vestía con unos pantalones grises y zapatillas Converse, llevando también un abrigo color beige que marcaba todas sus curvas a la perfección y una bufanda color caoba para proteger su garganta del gélido frío del invierno noruego. Se había acercado a Melanie porque, aunque no le inspiraba confianza, le daba pena que estuviera sola. Además, tenía curiosidad.
            —Tú eres Melanie, la nueva, ¿no? —preguntó, con una sonrisa iluminando su pálida cara
            —Mel —corrigió ella, sonriendo a su vez—. Y tú eres…
            —Tania, con i latina, no griega —dijo, orgullosa—. Es que soy de España, y allí Tania se escribe con i latina. Coincidimos antes, en las clases de filosofía y matemáticas.
            Melanie le dedicó una media sonrisa y, al ver que no tenía mucha intención de seguir hablando, Tania intentó comenzar una conversación.
            —Bueno, —comenzó— ¿y de dónde eres? Tengo entendido que eres extranjera, ¿no?
            —Sí, bueno, nací en Dinamarca, pero tengo familia por casi todo el mundo. He vivido en Irlanda, Los Estados Unidos, Australia y Suecia.
            —Dominarás entonces a la perfección el inglés, ¿no? Y el sueco… —dijo ella, sorprendida.
            —Bueno, más o menos. El inglés sí; en Suecia estuve yendo a un British. Lo que mejor domino es el danés. Me lo enseñaron mis padres —se le quebró la voz.
            —Qué pasada. Yo sé español y punto… bueno, y noruego, claro. Además del inglés. En realidad no sé de qué me sorprendo, sabemos el mismo número de idiomas —añadió sonriendo abiertamente.
            Siguieron hablando, bueno, Tania siguió hablando (porque Melanie apenas decía nada) de banalidades como las asignaturas que escogieron, sobre los profesores, sobre algunos alumnos con los cuales no se debería juntar y algunas otras cosas más.
            —Por cierto, ¿has visto lo guapísimo que es ese chico, Zachary?
            Melanie se quedó un momento callada, pensando en la rareza de ese joven. Aunque ella no era nadie para hablar de rarezas. Pero, aún así, él le parecía demasiado extravagante, demasiado misterioso, demasiado anómalo, y todos los sinónimos existentes de “raro”. Cuando siempre era ella la que inspiraba desconfianza, él le hacía sentir insegura a su lado, como si en cualquier momento pudiera saltar sobre ella para matarla.
            Tania la observó con atención. Aquella chica que tenía al lado era tan, tan extraña; y parecía tan, tan triste… Sus sonrisas nunca llegaban a sus ojos, siempre rotos de dolor, como trocitos de cristal caídos al suelo. Se preguntó que le habría pasado para llegar a aquel punto.
            De pronto Melanie se dio cuenta de que Tania esperaba una respuesta.
            —Sí, es guapísimo… pero muy raro. Lleva todo el día mirándome como si fuera un bicho.
            —No sé qué me apuesto a que acabaréis juntos. Seguro que te mira así por algo —sentenció Tania, sin saber cuanta razón tenía.
            En ese momento sonó el timbre. Melanie guardó el bocadillo que había comprado en el estanco de la esquina, al cual sólo había dado dos mordiscos, en el plástico donde lo trajo y fue con Tania a la clase de lengua y literatura, en la cual, por supuesto, también estaba Zachary, o Zack, aquel extraño muchacho de ojos bicolores y presencia inquietante.

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