La gentileza siempre es signo de traición - François Mauriac

Hay puñales en las sonrisas de los hombres; cuanto más cercanos son, más sangrientos - William Shakespeare

Seguidores de huellas

agosto 26, 2012

Capítulo 1. Encuentros. Parte 4


            Un joven iba por la calle de al lado del parque, tranquilamente, observando el paisaje de su nuevo hogar. Le encantaba la mañana porque no había prácticamente nadie el la calle y así él podría campar a sus anchas. Por allí tan solo se respiraba tranquilidad y paz.
            De pronto un rastro de tristeza apareció por allí. Parecía lejana… pero era intensa. Rápidamente se fue acercando. Quien quiera que fuese el que venía estaba terriblemente triste.
            El chico levantó la vista entrecerrando los ojos. Alguien se acercaba. Caminaba a paso rápido y llevaba una mochila negra colgada de un hombro. Llevaba la mirada baja, y su maraña de pelo pelirrojo con mechones oscuros le tapaba los rasgos. Su cuerpo era pequeño y parecía frágil, y se convulsionaba cuando un sollozo atacaba la garganta de la chica.
            Sin querer chocó con él. El choque fue doloroso, pero no físicamente, sino por la infinita tristeza y rabia que transmitía.
            —Perdona —masculló ella secamente sin dejar de caminar.
            Él no pudo reprimir el impulso, por algún extraño motivo, de retenerla por un brazo.
            —Suéltame —dijo ella y, aunque intentó sonar decidida, su voz tembló considerablemente.
            —Espera. ¿Puedo ayudarte? Se te ve mal.
            —¿Te importa mucho? —espetó la chica, malhumorada.
            —Pues sí me importa —la impulsó para volverse, pero ella continuó con la mirada baja—. Mírame.
            —No te importa lo que me pasa —la joven empezaba a hartarse. Él lo percibió mediante su contacto—. Sólo suéltame –Melanie sabía que estaba siendo grosera, pero no le importaba.
            —Tú hazme caso. Mírame. Por favor.
            —¡Que me sueltes! —dijo, al borde del llanto mientras se debatía en los brazos de él pero no consiguió nada, pues él era mucho más fuerte que ella.
            Melanie levantó la mirada. Sus ojos del color de la piedra ojo de tigre brillaban muchísimo, se veían más puros que nunca.
            Por un momento le pareció que podía confiar en el muchacho. Como si se conociesen de algo. Su pelo negro le tapaba parcialmente los ojos, que eran del color del lapislázuli más puro. Era casi una cabeza más alto que ella y su cuerpo era esbelto, como el de un gimnasta. Algo parecido le ocurrió a él, con la diferencia de que él sí sabía lo que implicaba aquello.
            Por un momento se quedaron así: ella, a punto de echarse a llorar con toda la fuerza de su alma; él, con el ceño fruncido y aguantando la tristeza que ella le transmitía. Pronto las lágrimas afloraron otra vez en los ojos de Melanie y de nuevo rodaron por sus mejillas. Entonces aquel joven desconocido la abrazó y la apretó contra sí, como si se tratase de su mejor amiga.
            Melanie disfrutó del momento. Había algo en aquel chico que de alguna manera le impulsaba a contarle todo: sus problemas, lo ocurrido con sus padres, su condición… se sentía como si de verdad fuera su hermana, como si de verdad lo conociese desde siempre.
            Sin embargo, durante los primeros instantes no cerró los ojos. Su instinto no le permitía dejarse llevar con desconocidos.
            Pero tan potente era la sensación de intimidad, de que en el mundo tan sólo existían ellos dos que se echó a llorar en su camiseta como una niña pequeña lo hace en la de su madre. Él acunó su cabeza entre sus manos, tiernamente, para reconfortarla mejor. También sin saberlo se sentía inducido a consolarla, como si siempre hubiera estado ahí para consolarla.
            Así se quedaron un rato hasta que Melanie se calmó un poco y entonces él la separó de sí y le alzó la barbilla con una mano, mientras con la otra agarraba la muñeca de ella para que no se marchara sin escucharle.
            —Mira, se te ve realmente mal. ¿Te importaría si intento ayudarte? ¿Qué te parecería si mañana quedásemos aquí mismo a las cinco?
            —Si te empeñas… —la voz de ella temblaba. Intentaba disimular sin éxito un sentimiento de gran alivio.
            En cuanto él aflojó un poco la mano que aún sujetaba la muñeca de Melanie, ella aprovechó para zafarse en un ágil movimiento felino y salió corriendo.
            Mientras corría a una velocidad inusual para alguien de complexión tan débil como ella, pensaba a donde se disponía a ir. Hacía algunos años, desde que ella agredió a su madre por primera vez y le hizo tres profundos cortes en la cara, sus padres habían empezado a ahorrar dinero por si algo grave pasaba y Melanie tenía que huir. Le habían dicho que, en ese caso, cogiera el dinero y llegara hasta Oslo, donde vivía su tía. Y en ello estaba. Creía recordar donde vivía.
            El joven la miró con preocupación. El sentido común le decía que al día siguiente no vendría. Y debía contactar con ella. Pero pronto se le ocurrió otra idea.

4 comentarios:

  1. Me encanta este capitulo, esta muy bien :)

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias ^^ espero que vayan gustando más a medida que avance la historia. ¡Un beso!

      Eliminar
  2. Oh Dios, me encanta esta historia, ¿Cuando publicarás de nuevo?

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Más o menos día sí día no. Esta noche publico una nueva parte ^^
      ¡Saludos!

      Eliminar

Opina, corrige o simplemente comenta.
¡Todas las palabras son bienvenidas!