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Hay puñales en las sonrisas de los hombres; cuanto más cercanos son, más sangrientos - William Shakespeare

Seguidores de huellas

octubre 04, 2012

Capítulo 3. Indecisión. Parte 4.


«Mi vida entera parece estar patas arriba» pensó Alice.
Un suspiro cruzó su alma al darse cuenta que no parecía estarlo, sino que lo estaba. Su vida entera estaba patas arriba. ¿Qué haría ahora? No podía volver a casa después de lo sucedido, sería muy violento. «Para Melanie, sobretodo». Pensó con resignación.
—Eh, ¿estás bien?
Alice levantó la mirada, y se encontró de frente con un muchacho de ojos azules muy bien parecido.
—¿Eh? Ah, no. Es complicado —Alice desvió la mirada. Aquellos ojos la inquietaban.
—No te preocupes. Si quieres desahogarte, puedes hacerlo. Yo sólo pasaba por aquí pero al verte tan mal, pues…
—No, no, es igual. De todas formas ya viene mi novio —Alice sonrió para tranquilizar al chico.
—¡Alice, estás aquí! —Erik entró al pequeño bar como un ciclón y la abrazó casi al tiempo que se sentaba en el mismo sillón que ella—. ¿Qué te pasa? Parecía que habías llorado cuando me hablaste por el móvil —a continuación dedicó una mirada furtiva al muchacho de ojos claros.
—No te preocupes, ya me voy. Sólo me preocupaba por ella —se levantó sin hacer apenas ruido y se fue a la barra, donde estaba tomando lo que parecía un café.
Después de observarlo un momento atentamente, y haberse asegurado de que desde allí no podía oírlos, le dijo a Erik:
—¿Sabes mi prima, Melanie, que llegó nueva a clase; la del pelo pelirrojo y negro?
«Oh, mierda, para qué digo nada. La acabo de cagar. A ver ahora qué le cuento…» pensó cuando terminó la frase, recordándose a sí misma que no le podía decir nada.
El muchacho de ojos azules terminó el refresco de un trago y se fue apresuradamente, echándose la chaqueta de cuero por los hombros, como si hubiera oído las palabras de Alice y un resorte le hubiera hecho saltar al escuchar la descripción de Melanie.
«Pero, ¿qué demonios…?» se preguntó Alice.
—Bueno, ¿me vas a contar lo que te pasa con tu prima? —inquirió Erik, interrumpiendo así lo que pensaba Alice.
—Sí, eh… —tragó saliva para hacer tiempo y pensar una excusa convincente. Como siempre, la encontró—. Es que Mel llegó muy de repente, y eso ya de por sí me impresionó; además… —tragó saliva— mis tíos, los padres de Mel, han… —una lágrima se deslizó por su mejilla sin querer— Ellos han muerto, Erik.
—Eso, ¿y qué más? Me estás ocultando algo —no se trataba de una pregunta.
—N-no —tartamudeó Alice.
—Mentira.
—Verdad.
—Sea lo que sea no me lo piensas contar, ¿verdad? —seguidamente la abrazó.
Alice no sabía cómo podía Erik hacerla sentirse así; tan protegida, tan resguardada del mundo real. Cada vez que estaba junto a él, se sentía huir de la cruda realidad y sumergirse en otro mundo totalmente distinto; uno más fácil, más plácido.          Pero el mundo real no era así, y cada vez que Alice se daba cuenta, era un golpe más duro.
Sollozó.
—¡Eh…! no llores, peque… —Erik la apretó más contra sí— no te quiero ver llorar, en serio.
—Lo s-siento… —Alice lloraba amargamente agarrada a la sudadera de Erik— es que no te lo puedo contar… y-yo q-quiero, pero es que… es que… —no pudo proseguir y simplemente enterró la cabeza en el abrazo de Erik para acallar su llanto.
—No pasa nada. Sea lo que sea, tú tómate un tiempo para digerirlo. Luego vuelve a casa y habla con quien tengas que hablar; y si necesitas apoyo, estoy aquí. ¿Todo claro?
Alice movió la cabeza de forma afirmativa. No tenía fuerzas para hablar.
Se quedaron así unos minutos, Erik no paraba de acariciar con ademán tranquilizador la cabeza de Alice, que reposaba sobre su pecho. Luego se separaron. Alice aún hipaba un poco.
—Qué, ¿te vas a ir ya? ¿Vas a arreglarlo todo? Porque no te puedes quedar aquí para siempre.
—S-supongo que me iré, sí.
—Venga —la besó en la frente—. Ánimo.
—Gracias —ella alzó el rostro y besó a Erik dulcemente en los labios. Luego esbozó una media sonrisa en su cara y se deslizó ágilmente hacia la puerta del bar para dirigirse a casa.

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